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Grass, Günther

LI1027

Español
2009 pags.

Érase una vez un padre que, como se había hecho viejo, convocó a sus hijos e hijas: cuatro, cinco, seis, unos ocho, hasta que, tras dudarlo mucho, se sometieron. Ahora están sentados en torno a una mesa y empiezan a charlar enseguida: cada uno por su cuenta, todos al mismo tiempo, sin duda imaginados por su padre y con palabras de éste, pero testarudos y, a pesar de su cariño, sin pretender ser indulgentes con él. Siguen discutiendo: ¿quién empieza?

Primero nacieron los mellizos, aquí llamados Patrick y Georg, y abreviadamente Pat y Jorsch, pero que en realidad se llaman de otro modo. Luego alegró a sus padres una niña, que en adelante se llamará Lara.
Los tres enriquecieron nuestro mundo superpoblado, antes de que la píldora fuera comprable, la anticoncepción habitual y la familia se planificara. Y así se sumó sin ser llamado —como engendrado por un capricho del azar— alguien que en realidad debería atender por el nombre de Thaddäus pero al que todos los reunidos en torno a la mesa llaman Taddel: «¡Deja de hacer el tonto, Taddel!», «¡Te vas a pisar los cordones, Taddel!», «Vamos, Taddel, haz otra vez tu número de Rudi el Despistao»...

Aunque adultos y estresados por su profesión y su familia, hijas e hijos hablan como si quisieran literalmente volver atrás, como si les resultara asequible lo que sólo se vislumbra en silueta, como si fuera posible que no pasara el tiempo, como si la infancia no acabara nunca.

Desde la mesa se puede desviar la mirada hacia las ventanas: un paisaje ondulado a ambas márgenes del canal Elba-Trave que ribetean viejos chopos, los cuales, demasiado exóticos, serán talados próximamente por decisión oficial.

En una amplia sopera humea un guiso, unas lentejas que, con costillitas de cordero, ha cocinado a fuego lento el padre, que es quien invita, sazonándolas finalmente con mejorana. Así ha sido siempre: al padre le gusta cocinar para muchos. «Asistencia social» llama a su tendencia a una multiplicidad épica.
Con cucharón justiciero va llenando plato tras plato, acompañando cada vez la acción con alguna de sus sentencias, como: «Ya Esaú cedió su primogenitura por un plato de lentejas». Después de la comida se retirará, para desaparecer en su taller, remontándose en el tiempo, o sentarse junto a su mujer en el banco del jardín.

Fuera es primavera. Dentro calienta todavía la calefacción. Después de haber acabado con las lentejas, los hermanos pueden elegir entre cerveza de botella y jugo de manzana natural. Lara ha traído fotos, que trata de ordenar. Todavía falta algo: Georg, que atiende por el nombre de Jorsch y es, por su profesión, el responsable, prepara los micrófonos de mesa, porque el padre insiste en la técnica de sonido, pide luego que los prueben y, finalmente, se da por satisfecho. A partir de ahora, los hijos tienen la palabra.

¡Empieza, Pat! Al fin y al cabo eres el mayor.

Llegaste al mundo diez minutos cumplidos antes que Jorsch.

Bueno, ¡qué más da! Durante mucho tiempo sólo existimos nosotros. En mi opinión, cuatro hubiéramos sido suficientes, sobre todo porque nadie nos preguntó si teníamos ganas de ser más de dos, tres o luego cuatro. Incluso los mellizos nos resultábamos alternativamente demasiados.

Y tú, Lara, más adelante no pediste nada con más insistencia que un perrito y sin duda, como hija, te hubiera gustado ser la última.

Lo fui durante años, aunque a veces, además de por un perrito, suspiraba por una hermanita. Y así fue, porque entretanto no había ya nada entre nuestra mamá y nuestro papuchi, y —supongo— él quería otra, lo mismo que ella se había buscado otro.

Y como él y la Nueva querían tener algo en común y los dos pensaban que podían prescindir de la píldora, viniste tú, otra niña, que en realidad se llama como la madre de padre pero que —incluso por deseo propio— quiere participar ahora en calidad de Lena.

Qué va, no hay prisa. Primero os toca a vosotros. Puedo esperar. Eso lo he aprendido. Haré mi entrada en escena luego.

Pat y Jorsch tenían casi dieciséis años, yo trece y Taddel unos nueve cuando tuvimos que acostumbrarnos a una hermanita.

Y a tu mamá también, que además vino con hijos, concretamente dos niñas...

Sin embargo, como nuestro papuchi no sabía estarse quieto, huyó de la Nueva, sin saber adónde, con su libro empezado, con el cual se alojaba unas veces aquí y otras allá para teclear en su Olivetti.
Con lo que, mientras buscaba, otra mujer le dio una niña...

Nuestra queridísima Nana.

A la que, por desgracia, no conocimos hasta más tarde, mucho más tarde.

La menor de las hijas del rey...

¡No os burléis! Pero a cambio de mi verdadero nombre me llamaré ahora como la muñeca a cuya vida cotidiana dedicó mi papá un largo poema en rimas infantiles, que empieza así...

En cualquier caso fuiste la más pequeña. Y poco después padre encontró por fin la tranquilidad, con otra mujer. Ella os trajo a vosotros, los chicos, que erais más jóvenes que Taddel y que —como hemos decidido Pat y yo— os llamaréis ahora Jasper y Paul.

¿No vais a preguntarles si esos nombres les gustan?
No están mal.

Entonces nos llamaremos de una forma totalmente distinta.

... como también vosotros.

Erais mayores que Lena y mucho mayores que Nana, pero a nivel de familia pertenecíais a ella, de forma que desde entonces fuimos ocho hijos a los que, por ejemplo aquí, mirad las fotos —las he traído expresamente—, se nos puede ver unas veces aislados, otras emparejados de una forma o de otra, e incluso aquí, eso fue más tarde, a todos juntos...

... cómo vamos creciendo, aquí yo, ahí Jorsch, unas veces con el pelo corto, otras con el pelo largo, en esta foto haciendo muecas...

... o aquí, aburrido, montando un número.

En esta de aquí Lara besuquea a sus conejillos de Indias...

Aquí Taddel, con los cordones del zapato sueltos, vaga por delante de la casa...

O Lena, con aspecto triste.

Me apuesto a que hay algo así en todos los álbumes de fotos que andan por casi todas las familias.
No son más que instantáneas.

Es posible, Taddel. Pero por desgracia, muchas fotos que, como sabéis, no eran de ningún modo instantáneas normales se perdieron en algún momento, y es una pena porque...

Por ejemplo las de Lara con el perro.

O todas las fotos en las que yo, como a menudo deseaba en secreto, estaba en un carrusel de cadenas entre mi papá y mi mamita, volando por los aires... Qué bonito era... Ay...

O la foto con el ángel de la guarda de Taddel.

O la serie de Paulchen con muletas...

El hecho es que todas, las normales y las que se perdieron, las hizo la vieja Marie, porque ella, sólo ella...

Escuchad, sobre Mariechen hablo yo. Empezó como un cuento de hadas, más o menos así: érase una vez una fotógrafa a quien algunos llamaban la vieja Marie, y Taddel, a veces, la tía Marie, y a la que yo llamaba Mariechen. Desde el principio perteneció a nuestra familia hecha de retazos. Mariechen siempre estuvo allí, primero con nosotros en la ciudad, luego con vosotros en la tierra llana, unas veces aquí y otras allá durante las vacaciones, porque —así era— se pegaba a padre como una lapa y posiblemente...