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Angulo Daneri, Toño

LP322

Español
Lima, 2004 pags.

Los disimulos de la soledad

Haya de la Torre, su calculado celibato y una teoría de la homosexualidad

Marilucha. Así le decían. Fue la última de las mujeres que pudo convenirse en la novia oficial de Haya de la Torre, si él hubiese querido. Se llamaba María Luisa García-Montero Koechlin. Era bonita, aristócrata, caprichosa; después se suicidó tomando veneno. Una vez lo fue a buscar al local de su partido, el Apra, acompañando al corresponsal de la revista Time que iba a hacerle una entrevista. Llegaron en la noche para escuchar una de las conferencias que el líder aprisco solía dar a sus seguidores mientras permanecía en Lima. Tenían que comprar boletos para ingresar, el auditorio estaba repleto. Marilucha también trabajaba de periodista: publicaba en las revistas Limeña, Vanguardia y Caretas. Escribía de toros, poetas, y de la selecta vida social de una ciudad aún pródiga en apellidos compuestos. Esa noche, sin embargo, solo quería estar cerca de Haya de la Torre. Según le había confiado al reportero de Time, estaba enamorada de él. Quería seducirlo.
Se sentaron en la primera fila, en los lugares reservados para la prensa. Marilucha ha recordado que le dijo al corresponsal: "Creo que le gusto a este señor". Haya de la Torre habló durante dos horas. Dio paseíllos encima del estrado, transpiró, agitó los brazos. En uno de sus gestos más típicos, inclinó su torso hacia delante, corno las palomas cuando picotean comida del suelo. Era diciembre de 1960. Gobernaba Manuel Prado, un banquero que había llegado a ser presidente apoyado por el Apra en una etapa que los libros de historia llaman "convivencia" y que todavía avergüenza a algunos apristas: antes, Prado los había perseguido con ensañamiento y desprecio. De vuelta en el Perú, Haya estaba seguro de ganar las siguientes elecciones. "Regañaremos el tiempo perdido", dijo. Al terminar la conferencia, el periodista de Time quiso irse, ya era tarde: dejaría la entrevista para otro día. Pero Marilucha lo convenció de subir a la oficina del Jefe, como le decían a Haya sus seguidores. Otros lo llamaban por sus dos nombres de pila, Víctor Raúl. Ella le decía simplemente Víctor.
Marilucha estaba vestida con un sastre de color verde. Tenía el cabello peinado a la moda de los años cincuenta: corto pero levantado hacia la nuca, con un cerquillo que le cubría media frente. El periodista César Lévano, en ese entonces redactor y ahora editor de Caretas, la recuerda como una mujer que avasallaba al primer vistazo. "Una gran conversadora, refinada y culta", me dijo. Era guapa. O al menos lo había sido de muchacha. Una noche visité a uno de sus sobrinos, que me enseñó algunas fotografías suyas. En una, Marilucha aparecía muy chiquilla, en una fiesta de carnavales, con una expresión de seriedad que sin embargo dejaba ver sus facciones de muñeca fabricada a mano: boquita de fresa, nariz respingada, ojos enormes y un brillo fluorescente en las pupilas. En las otras fotos ya se revelaba como una encarnación de la coquetería más directa, disfrazada de tapada colonial, o posando con algunos amigos que después serían famosos por sus desbandes sexuales. Aquella misma Marilucha, a la altiva edad de treinta y tres años, se abrió paso entre la multitud que esa noche había ovacionado a Haya de la Torre. Se le plantó delante, pero no lo saludó. Le regaló el privilegio de que él actuara primero.
—Bienvenida —ha contado que Haya dijo al verla—. ¡Cómo se ha adelgazado usted!
Ella no podía decir lo mismo de él. Para entonces, Haya había engordado hasta la obesidad. Iba a cumplir sesenta y seis años, y su cuerpo había empezado a ensancharse desde su exilio en la embajada de Colombia, en Lima. En ese lustro de encierro se había vuelto goloso, un devorador de postres más que un gourmet. Los líderes del Apra dejaron que Marilucha y su acompañante tomaran asiento frente al Jefe. "En toda la entrevista no me miró, estaba intimidado por mi presencia", habría de escribir ella en sus memorias unos años después. El reportero preguntaba, y Haya de la Torre respondía con su habitual solvencia. Había recorrido el mundo. Era amigo de Einstein, de Clark Cable, de Vittorio de Sica. Había charlado horas con Orson Welles y tenía anécdotas para encandilar a públicos que podían ir desde chiquillos escolares hasta profesores de Oxford, donde además había enseñado. Era un hombre que era capaz de monologar durante ocho horas seguidas: le encantaba escucharse. Marilucha le hizo una pregunta. Entonces él, al fin, volteó a mirarla. "Lo sentí", diría ella, y le lanzó un anzuelo:
—Usted me gusta porque es un griego —dijo Marilucha.
Haya se acomodó en su sillón, envanecido por el piropo, y dijo en voz alta para que lo oyeran los que estaban cerca:
—Les presento a la señorita Marilucha, una admiradora.
—Más que eso —le contestó ella, graciosa e intrigante.
Algunos testigos de ese diálogo, entre ellos un primo de Haya de nombre Macedonia, festejaron el sex-appeal del Jefe intercambiando sonrisas y cuchicheos de picardía. Luego tejieron una novela. Según Roy Soto Rivera, autor de un panegírico sobre el fundador del Apra de más de mil quinientas páginas, después de esa cita Marilucha viajó con él varias veces a Europa. "Para una relación sentimental existía la gran barrera de la diferencia de edades", dice Soto. "Tal vez debido a ello, Víctor Raúl se cuidó de manejar la relación con mucha discreción". Los parientes de ella, sin embargo, no recuerdan ningún viaje largo durante esos años. Marilucha tampoco. Ella ha relatado en sus memorias que esa noche de la entrevista se despidió de Haya con la promesa de escribirle. Pero ni siquiera eso hizo. El volvió a su apartamento de Roma, y ella cuenta que lo esperó hasta su regreso para los mítines de la campaña de 1962. "Nuevamente me sedujo como un huracán", escribió la mujer. Le envió una tarjeta. Quería verlo otra vez.
La persona que, a decir de ella, entregó aquel mensaje a Haya es Armando Villanueva, un viejo líder del Apra. Solo pude hablar con él por teléfono. "Ah, Marilucha", dijo. "Una mujer encantadora, pero un poco locumbeta. Es cierto que lo perseguía, estaba obsesionada con Víctor Raúl". Otro militante aprista, uno más joven, dice que él estaba en el local del partido la segunda noche que ella apareció por allí. Haya conversaba en el aula magna. Eran más de las diez. A esa hora, era extraño ver a una mujer deambulando por los pasillos oscuros de la "Casa del Pueblo", como los apristas llaman a su sede. Haya se puso contento. Le cambió la mirada, no le quitó los ojos de encima. Algunos de sus contertulios notaron su transformación y voltearon a ver qué ocurría. Marilucha caminaba con aplomo, sus tacones altos hacían retumbar el piso de madera, olía a perfume sofisticado. Esa vez iba resuelta a convenirse en su amante. "El hombre necesita de una mujer para definirse. En la vida de Víctor, esa mujer quería ser yo. ¡Sí, suya! Su celibato lo hacía más interesante. ¿Quién podría impedírmelo?", escribiría ella con turbadora adoración. Haya la invitó a subir a su oficina.
Pero no estaba solo. Si Marilucha esperaba una cita privada, lo encontró en cambio en el umbral de su despacho, de pie, disertando ante unos muchachos que lo oían boquiabiertos. Quien cuenta esto es uno de los que estuvieron allí. Recuerda que ella saludó al Jefe con un beso en la mejilla, como nunca más vería a una mujer abalanzarse sobre Haya de la Torre. "Fue una mandada evidente", dice. Marilucha vestía un blusón de seda y unos pantalones sueltos. Era verano. Se puso a su lado, lo tomó del brazo como si fuera a llevárselo, y le dijo que quería acompañarlo a Trujillo, la ciudad donde él había nacido. Haya la miraba orgulloso. En un momento comentó algo así corno que Marilucha sería su nueva secretaria, y ella se entusiasmó con la idea. "Lo seguiré a todos los confines del Perú", le ofreció. Por allí se acercaba un dirigente de apellido Cox y, según ella, Haya lo llamó y le dijo: "No olviden separarle una habitación a Marilucha, porque vendrá con nosotros. Iremos muy bien acompañados". Era una escena feliz, la promesa de un romance inminente. Nadie recuerda, sin embargo, por qué nunca la vieron en Trujillo. En verdad, jamás volverían a verla.
El único biógrafo de Haya que se ha referido a Marilucha es Roy Soto, pero tampoco explica por qué ella no viajó a Trujillo. Por lo demás, su versión de que se fue a Europa con él parece una mera fantasía. Otros historiadores de su vida no solo se han olvidado de ella: también han omitido toda mención a la vida sentimental del Jefe. Prefieren la leyenda oficial, lo que Haya les decía a modo de ejemplo y reproche: "Mi única mujer es el Apra y ustedes son mis hijos". Marilucha fue la cuarta mujer que pudo convertirse en la novia de Haya, o tal vez solo la última novela rosa promovida por sus simpatizantes para callar los rumores sobre su homosexualidad. Carlos García-Montero no es mucho menor que su tía Marilucha, así que podría saber qué pasó después. "Creo que no pasó nada", dice. Un líder aprista que estuvo varias veces con Haya en Francia e Italia admite a su modo que este romance, como tantos otros que se difundían casi como parte de la ideología del partido, no fue en realidad más que una leyenda. Según él, frente al poco creíble celibato del Jefe, sus seguidores tenían que inventarle amoríos furtivos. De ahí que Roy Soto haya recogido la fábula de sus viajes con Marilucha por Europa. Al fin y al cabo, era la forma de frenar la sospecha de que el fundador del Apra pudiera ser homosexual.
El destino de Marilucha fue triste. Después de publicar la crónica de su encuentro con Haya, y de dedicarle una docena de afiebradas páginas en sus memorias, no volvió a mencionarlo. Fue como si su amor por él hubiese desaparecido de súbito. En su relato autobiográfico, Marilucha cuenta que la noche de su segunda cita con Haya regresó eufórica a su casa. Le preguntó a una de las chicas que trabajaba para ella: "¿Crees que me amará? ¿Podré conquistarlo?". Luego termina así: "El corazón se me trepaba a la cabeza, y la cabeza se me bajaba al corazón. Había caído en la trampa de esa embriaguez que dan los sentidos cuando las ilusiones asoman". Nunca más volvieron a verse. El jamás la buscó y quizá ella tampoco. Nueve años después, en 1971, alpinos apristas habrían de reconocer su rostro en las fotos que acompañaban un obituario. Era el mismo final que me narró su sobrino: Marilucha vivía en una inmensa casona con sus padres, sus hermanas y un cuñado argentino. Un día sintieron un olor terrible que bajaba del altillo. Subieron a averiguar. Era ella. Se había escondido dentro de un armario, v su cuerpo estaba allí desde hacía algunos días. Se había suicidado bebiendo veneno.


Hay una historia con más detalles acerca de la homosexualidad de Haya de la Torre. La cuenta André Coyné, un poeta francés. Traductor. Peruanista. Enamorado de los versos de Vallejo y antiguo amante de César Moro, el surrealista peruano. Ahora él vive en Montpellier, en una casa comprada para su vejez, en un barrio aburrido donde pocos lo conocen. "Estoy pobre", dice. "Desde que me operaron de unas cataratas, me cuesta leer. Ya no viajo como antes". Lo he llamado por teléfono para conversar de su amistad con Haya de la Torre. "Sabe que era homosexual, ¿verdad?", me pregunta. Coyné está trabajando en una nueva edición de la obra de Moro, así que tiene abundantes cuadernos y notas a la mano. Los escritores tienen esa manía de apuntarlo todo, como una forma de ejercitar la nostalgia. El no ha sido la primera persona en hablar de la homosexualidad de Haya de la Torre, pero era el único que había dado pruebas con un testimonio personal. En realidad, era el único hasta ahora. "Espéreme un minuto", dice. Deduzco por el crujir de unos papeles que está buscando sus apuntes. "Ahora sí", dice. Entonces empieza su relato.
Antes de apodarlo Míster Asilo, a Haya le decían Señor Presidente. En ambos casos, era un homenaje. Ningún otro político peruano ha sido tan perseguido, exiliado y estafado en tantas elecciones como él. Hasta sus adversarios reconocen que era un hombre empeñado en querer a su país a pesar de todo. Un conversador entretenido y políglota. Un infatigable agitador. Tal vez el mejor orador de plazas. Revisando sus obras completas, uno descubre que gracias a él se han podido comprender algunos de los poemas más crípticos de Vallejo. Hay una entrevista, por ejemplo, en la que Haya explicó este verso: "Serpentínica u del bizcochero enjirafado al tímpano". Había sido amigo (de Vallejo, y juntos integraron el Grupo Norte con otros intelectuales de Trujillo. En esa entrevista recordó que a Vallejo le encantaban los bizcochos, y que cuando un vendedor pasaba por su calle, el poeta escuchaba la u de su pronunciación "bizcocheróuuu" que subía hasta sus oídos, y que así se le ocurrió aquel verso. A este Haya de la Torre lleno de historias, bastante culto para ser un simple político de América Latina, conoció Coyné en París. En el café adonde iba a leer cada tarde, los mozos le decían 'Monsieur le Président. Ya corría la leyenda de que Haya había ganado las elecciones de 1931, pero que un aprendiz de dictador le había hecho trampa. Es decir, tal como había ocurrido. Coyné empezó entonces a llamarlo igual.
André Coyné es un hombre orgulloso de ser homosexual. Todos saben que fue pareja de Moro, y que también tuvo un romance con un pintor mientras vivió en Lima, en la primera mitad de la década del cincuenta. Solo una vez tuvo que ocultar su homosexualidad, y fue por un comentario sobre Haya de la Torre. Lo habían invitado al Cusco a dar una conferencia por un aniversario de la muerte de Vallejo. Coyné se había quedado varios días allí, andando a todos lados con un grupo de profesores, y un sábado antes de partir le prepararon un almuerzo de despedida. Era una pachamanca, esa forma prehispánica de cocinar varias carnes dentro de un agujero en la tierra. El agasajo era divertido y la conversación saltaba de un tema a otro, como suele suceder en estos casos. De pronto alguien habló de los solterones. De ahí salió el nombre de Haya, y los profesores se dividieron en dos. Los que juraban que era homosexual, y quienes lo defendían diciendo que no, imposible, pues los hombres que viajan mucho se dedican a coleccionar mujeres en cada ciudad. Cuando los ánimos empezaban a recalentarse, uno de los profesores cerró el debate asegurando que Haya tenía hijos en España y Alemania. Coyné, algo asustado, recuerda que entonces no dijo nada.
—Pero yo he ido con Víctor Raúl a bares de muchachitos, o sea que sé de qué hablo —me jura ahora, a través del hilo telefónico.
Según Coyné, en París anduvieron poco tiempo juntos, pero el suficiente para hacerse amigos. Los había presentado un actor peruano apellidado Tossi, también amigo de Moro, y durante algunas semanas los tres fueron juntos a obras de teatro y conciertos de ópera. El mayor pasatiempo de Haya de la Torre era la música: coleccionaba discos de Mozart, Beethoven, Vivaldi. Se sabía de memoria canciones populares francesas, tangos y corridos con letras subversivas de la Revolución Mexicana. Uno de sus discípulos apriscos, alguien a quien llamaré X y que a inicios de los sesenta formó parte de un círculo de estudio que los líderes del partido apodaron "los muchachitos de Haya", recuerda que una vez lo encontró en Turín hospedado en un hotel incómodo. Cuando le preguntó por qué había elegido ese hotel, el Jefe le respondió: "Escucha". Desde su habitación se podían oír los ensayos de un conjunto de ópera que estaba por iniciar su temporada en un teatro vecino. André Coyné tiene el mismo recuerdo. Me cuenta que en París Haya solo gastaba su dinero en ir a espectáculos musicales. Luego, al salir, caminaban hasta el Barrio Latino y cenaban austeramente. A veces solo una copa de vino o café, y sopa de cebollas.
Un par de años después, ya a finales de la década del cincuenta, dice que volvieron a encontrarse en Roma. Haya de la Torre vivía en la Via Fratelli Bonnett 44-B, un apartamento en un primer piso en Monteverde Vecchio, un barrio tan modesto como su casa. Pero no se citaron allí, sino que se cruzaron por pura casualidad. Una noche, Coyné había ido a un bar "de chicos", como los llama él. Allí, sentado en una mesa, solo, estaba el fundador del Apra. El poeta no sabe si Haya esperaba a alguien, pero a juzgar por lo que habría de ocurrir al cabo de un tiempo en otro bar en Japón, sospecha que no. Se acercó a su mesa, lo saludó, se sentó a su lado y, más que charlar, se dedicaron a observar el ambiente. Le pregunto si esa vez no hablaron de su homosexualidad. "No", dice. "De eso no se habla. Uno lo sabe, y punto". Coyné era entonces muy joven, debía andar por los treinta y tantos años, mientras que Haya pasaba los sesenta. Unos minutos más tarde, Haya se levantó de la mesa, se despidió y se fue. Quedaron en escribirse, pero casi no fue necesario. Meses después habrían de volver a juntarse en Tokio.
Aquella vez, Coyné cuenta que él fue a buscarlo, y juntos salieron a recorrer algunos bares de homosexuales. El poeta francés había ido a Tokio a dar clases de español. Entre sus conocidos tenía un amigo mexicano que, luego de trabajar para la embajada de su país en esa ciudad, se había casado con una japonesa y estaba por montar un negocio de importaciones con la intención de quedarse a residir allí. Un día este amigo lo llamó. Lo invitaba a una cena en su casa para celebrar la inauguración de su empresa. Al llegar, Coyné vio que había embajadores, cónsules y agregados comerciales de varios países de América Latina. "¿A que no sabe quién está por aquí?", le preguntó un diplomático peruano. "Haya de la Torre", le dijo, y le anotó la dirección de su hotel. A la mañana siguiente, el poeta fue a buscarlo temprano. Acordaron salir esa misma noche. Coyné pasaría a recogerlo.
Salieron varias noches seguidas, siempre a lo mismo: a curiosear por locales de homosexuales. "Parece que en Tokio había muchos, ¿no?", dice, y escucho su risa de abuelo desde el otro lado de la línea. Una de esas noches, mientras conversaban acodados en la barra de un bar, se les acercó un señor japonés que debía tener la misma edad que Haya. Los había escuchado hablar en castellano y los había saludado en francés, con la esperanza de que supieran el idioma. Haya lo sabía, además del inglés, el habano, el ruso, el alemán, y hasta alguien ha dicho que un poco de quechua. El japonés se presentó ceremoniosamente, les dijo que era médico y se ofreció a servirles de guía. Charlaron largo rato, recuerda
Coyné, sobre todo de la invasión de Estados Unidos a Vietnam. Luego se citaron para la noche siguiente, aunque en otro lugar. Uno recomendado por el médico japonés.
Ellos ya estaban allí cuando llegó el médico acompañado por un muchacho. Parecía menor que Coyné y, según él, era muy guapo. Eligieron una mesa para los cuatro. El poeta interrumpe este relato para comentar que él siempre ha sido muy coqueto, de esas personas que no tienen reparos en llamar la atención de alguien que les atrae. Esa noche, dice, había otro chico en otra mesa, a quien él no dejaba de mirar con descaro. Pero de pronto se dio cuenta de que Haya y el médico japonés hacían lo mismo, y con el mismo chico. "Era muy gracioso", recuerda, "salvo porque el acompañante del médico se estaba poniendo celoso". Entonces él le dijo: "Creo que tu novio se va a molestar contigo". El médico se rió. Explicó que no era su novio, sino uno de sus alumnos en la universidad, y que no era por él que estaba celoso, sino por el propio Coyné. Los tres soltaron una carcajada, Haya incluido, y desde esa noche el poeta tuvo un romance con el muchacho estudiante de medicina. "¿Y Haya?", le pregunto. "¿No salió con nadie?". Coyné se queda pensando un rato, y dice:
—No. Creo que ya no practicaba su homosexualidad, al menos no delante de otras personas. Sé que de joven sí había tenido parejas, pero cuando lo conocí, ya de viejo, solo le encantaba mirar.
Esta impresión de un Haya homosexual voyeur, quizá ya inactivo o solo reprimido en público, la había escuchado antes. Y la habría de oír muchas veces después de hablar con Coyné. Según X, ese discípulo aprista que lo visitó en Italia, la fijación de Haya por los militantes más jóvenes y apuestos del partido era muy evidente. Quizá fuera uno de esos rasgos que irrumpen o se acentúan en la ancianidad, cuando algunas personas se sienten más allá del bien y del mal, y dejan salir a flote aquello que durante años han tenido que ocultar a la vista pública. Sin embargo, X también contó una historia que, en sus detalles menos íntimos, uno puede verificar con otros líderes del Apra: la historia de Haya de la Torre con el sindicalista Manuel Arévalo. Para todos los apristas, Arévalo no solo fue un mártir del partido, sino un hombre tan brillante que a pesar de no tener formación universitaria, el Jefe lo había elegido alguna vez como el único que merecía ser su sucesor natural, por si él moría antes. En una organización casi monárquica como el Apra, en la que Haya tenía siempre la última palabra, un anuncio así era entendible. Pero lo que me llegó a contar X escapa a cualquier explicación racional.
Haya escondía bajo su cama los huesos de Manuel Arévalo. "Sí", dijo X. "Suena raro, pero durmiera donde durmiera, el Jefe siempre ponía bajo su cama un pequeño baúl que contenía los huesos ele Arévalo". En algunas fotos de este sindicalista, su fisonomía corresponde al recuerdo que conservan de él los viejos apristas que lo conocieron. Juvenal Nique, un dirigente de casi noventa años con quien conversé en Trujillo, lo describió como un cholo fortachón, alto, musculoso y de ojos claros. "Un tipo imponente", dijo. Leyendo unas cartas de otro veterano líder me entero de que en verdad Arévalo era uno de los engreídos de Haya, alguien a quien el Jefe escuchaba con atención antes de tornar una decisión importante. Arévalo murió en 1937, lo asesinaron en una revuelta. Desde ese día, Haya no solo cargó sus huesos como un homenaje silencioso a su memoria, sino que siempre que estaba en peligro invocaba su nombre. "Anima bendita de Manuel Arévalo, protégeme", decía. Una noche, le confesó a X, mientras huía por unos techos, se dio cuenta de que los policías lo tenían rodeado. Entonces se encomendó a Arévalo y saltó a un terreno baldío, prácticamente resignado a que lo atraparan. Pero no me vieron, le dijo Haya. Y eso afianzó su devoción por Arévalo.
Hace unos años, un profesor estadounidense escribió La política de lo milagroso en el Perú: Haya de la Torre y la revuelta contra la modernidad. Allí, Frederick Pike, el autor, remarca lo que otros ya han escrito sobre el fundador del Apra: que aunque públicamente estaba cerca de teorías como las de Einstein y aun del materialismo dialéctico, Haya sentía una especial fascinación por lo esotérico. Era famoso, por ejemplo, su conocimiento casi enciclopédico de las constelaciones, y que hasta llegaba a tomar ciertas decisiones según la posición de algunos astros. Una vez se mandó confeccionar un traje plateado, cuando él los solía llevar oscuros, porque un militante con dones de prestidigitador le juró que ese era su "color cósmico". Más allá de esto, el enigma es qué tipo de relación habría mantenido Haya con Arévalo para haber convertido sus huesos en una suerte de altar a su recuerdo. Cuando le hice esta pregunta a X, dijo que era imposible imaginar un vínculo sentimental entre ambos. "En ese tiempo", dijo, "en un partido como el Apra, hubiera sido suicida sostener una relación así". Además recordó que Arévalo era demasiado viril para imaginarlo en esos lances. ¿Entonces? La respuesta quizá se encuentre en el testimonio de Coyné: que tal vez Haya de la Torre fuera solo un mirón, un voyeur de muchachitos hermosos y atléticos. Un hombre a quien le encantaba contemplar la belleza física de otros hombres, pero que no se atrevía a más.