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LA DISCIPLINA DE LA VANIDAD
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LA DISCIPLINA DE LA VANIDAD
Thays, Iván
Fondo Ed. PUCP
367 pags.

EL RINOCERONTE

LAS HERRUMBROSAS CADENAS sostenían una plataforma. Su chirrido era espantoso. Se balanceaba. Era increíble cómo todos, en ese momento, estábamos tan pendientes de aquellas cadenas, sin percatarnos del milagro o del absurdo: un rinoceronte que descendía desde el cielo, recostado sobre aquella plataforma mecánica. Sus patas colgaban de una manera triste. Tenía los ojos entornados, no completamente dormidos; un destello oscuro relucía desde el fondo de esos ojos negrísimos. Era un ser monstruoso y sucio. Un humus verde forraba el lomo como una greba. Cuando estuvo a dos metros de nosotros, los obreros detuvieron la maquinaria. Bajo la plataforma se observaba un agujero profundo y ancho que era su celda. Apenas podía verse un poco de hierba y un espejo de agua. Los trabajadores mantuvieron al rinoceronte balanceándose sobre nuestras cabezas unos minutos. Luego, levantaron unas mangueras, conectadas a un camión cisterna, y abrieron el caño. El chorro fue violento, pero el animal no se inmutó. Los encargados del aseo, haciendo eco de nuestras miradas y preguntas, dirigieron el chorro de agua al cuerno feroz. Ni aun así despertó. El espectáculo se volvió degradante cuando un líquido marrón rojizo y espeso empezó a salir del ano del animal y a unirse con los chorros de agua. Parecía herrumbre, pero era mierda. Al fin depositaron al animal en su bóveda y los obreros se fueron. Nosotros, los escritores jóvenes, nos quedamos observando un rato al rinoceronte, como si nos costara aceptar que no despertaría. Uno a uno nos fuimos separando de la fosa, hasta que no quedó casi nadie. Un solitario hombre gordo, tan sucio y grasiento como el animal, vestido con mameluco y mal afeitado, esperó a que todos nos fuéramos para internarse con un rastrillo dentro del agujero y empezar a cepillar las escasas púas que eran el pelo del rinoceronte.

EL VELO

UN HILO DE DIARREA ESPESA: curioso comienzo de un ensayo sobre un asunto tan delicado y, transparente como la vanidad. Sin embargo, no es una ironía ni tina paradoja. Menos aún una parodia. Significa solo que los extremos de la Tierra están siempre íntimamente ligados. Una moneda girando, que muestra al mismo tiempo ambos lados. Una peca de luz que se mueve por el contorno de una naranja. Así es la vida: un velo que desfallece y deja desnuda a una bailarina. Y es el velo, y es la bailarina.

UN LORO

FLAUBERT COMPARÓ LA VANIDAD Con un 10170 que pasea su plumaje entre los árboles y el orgullo con un oso que se esconde en su cueva. Y el maligno Onetti, ofendiendo injustamente la vanidad de los jóvenes escritores, dijo que hay quienes nacieron para escribir y quienes nacieron para ser escritores. ¡Ah, bueno! También está aquel Vaivitas tianitaum, el omnia vanitas con que denuesta el Eclesiastés a quienes ni siguiera conoce (aunque más bello es el griego: Mataioles walaioteion, kaipanta niaiaioes); pero basta, dejemos eso para Tunc, Aut, Nunquam, esos tres jóvenes turcos, ese círculo de mafiosos, esos viles jueces, fiscales del buen gusto, incansables perseguidores de los gestos de vanidad de los escritores jóvenes desde las páginas de sus diarios, semanarios y revistas. Tunc, chico listo; Aut, a veces ingenioso; Nunquam, el más adorable de todos. Después se hablará de ellos; ahora dejémoslos descansar a los tres en un café de moda, después de una agotadora jornada de máquinas rápidas e ideas lentas. Después de todo, el hipotético lector de este ensayo no está aún en condiciones de considerar en frío e imparcialmente a estos queridos municipales, a esta entrañable baja policía de la ética literaria. El lector estaría tentado de ser demasiado severo con ellos. Y, la verdad, esos tres son en el fondo unos sujetos simpatiquísimos.

UNA PRESENTACION

POR OTRA PARTE CREO QUE NO DEBO demorar más la presentación de esa pandilla pues no debemos dejar de contar con el hecho incontrastable, tristísimo, de que en toda trinidad hay un par de mártires y ﷓in chacal que se intentará aprovechar de ellos. Un Gólgota en negativo, con su ladrón entre dos cristos. Casi temo llegar al final de toda esta historia, que ya me lo sé, que ya me duele. Tunc, Aut, Nunquam... ¡Cuánto se quieren ahora y qué poco se querrán después! ¡Cuánto los odié entonces y cuántos los amo ahora!

Bueno, quizá sí, quizá deba hablar un poquito más del tema y cerrarlo, antes de dejar de hablar de ellos por un buen rato, hasta dar la apariencia de que los he olvidado. Tunc, el entonces, con su absoluta certeza en el momento literario, enamorado de la posmodernidad, de la generación X y de la literatura norteamericana, director de una revista literaria de moda. Nunquam, el nunca, editor de un diario cultural, escéptico y bien vestido, seguro de que la literatura no tiene sentido en este mundo, de que ya todo está dicho, de que las palabras no sirven para nada. Y finalmente, Aut, la conjunción, el o, la unión de los extremos, el vacío, el que no significa nada sin el contexto, sin los demás, sin Tunc, sin Nunquam. El cero.


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