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Murakami, Haruki

LI1045

Español
Barcelona, 2009 pags.

EL DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Ascensor. Silencio. Obesidad

El ascensor se elevaba con extrema lentitud. Vaya, debía de estar subiendo, imaginé. No lo sabía a ciencia cierta. Porque ascendía tan despacio que yo había perdido el sentido de la dirección. Es posible que bajara y es posible, asimismo, que no se moviera en absoluto. Yo me había limitado a decidir arbitrariamente, haciéndome una composición de lugar, que el ascensor subía. Pero era una simple hipótesis. Sin fundamento. Tal vez hubiese ascendido hasta el duodécimo piso y bajado hasta el tercero, o quizá estuviera de regreso tras dar una vuelta alrededor de la Tierra. No lo sabía.

Aquel ascensor nada tenía que ver con la máquina barata y funcional, similar a un cubo de pozo evolucionado, que había en mi apartamento. Ambos aparatos eran tan distintos que costaba imaginar que se denominaran de igual modo y que tuvieran idéntica estructura y función. Porque los separaba una distancia tan grande que excedía mi comprensión.

En primer lugar, estaba su tamaño. El ascensor donde me hallaba era tan amplio que habría podido utilizarse como una oficina pequeña. Lo suficiente como para que sobrara espacio tras poner una mesa, una taquilla y un armario, e instalar, además, una pequeña cocina en su interior. Quizá incluso hubieran cabido tres camellos y una palmera de tamaño mediano. En segundo lugar, estaba la pulcritud. Se veía tan limpio como un ataúd nuevo. Tanto las paredes como el techo eran de un reluciente acero inoxidable, sin mácula, sin un resto de vaho que los empañara, y una tupida alfombra de color verde musgo cubría el suelo. En tercer lugar, era terriblemente silencioso. Cuando entré, las puertas se cerraron deslizándose sin hacer el menor ruido –literalmente, el menor ruido– y reinó un silencio absoluto. Tan denso que ni siquiera podía discernir si el ascensor estaba detenido o en marcha. Un río profundo que fluía en silencio.

Todavía más: estaba desprovisto de la mayoría de accesorios con los que suele contar un ascensor. Para empezar, faltaba el panel con botones e interruptores de diversa índole. No había ningún botón que indicara el número de la planta, ni el de abrir y cerrar las puertas, ni el dispositivo de parada de emergencia. Vamos, que no había nada de nada. Eso me hacía sentir tremendamente inseguro. Y no sólo se trataba de los botones. Tampoco estaban los paneles luminosos que indican la planta, ni había información alguna sobre la capacidad del ascensor, ni las consabidas advertencias. Tampoco aparecía por ninguna parte la placa con el nombre del fabricante. Y a saber dónde se hallaba la salida de emergencia. Aquello era un verdadero ataúd. Por más vueltas que le daba, no entendía cómo había conseguido el permiso del Cuerpo de Bomberos. Porque también habrá algún reglamento para los ascensores, supongo.

Mientras mantenía la mirada clavada en aquellas cuatro insondables paredes de acero inoxidable, me acordé del gran mago Houdini, del que, de niño, había visto una película. Inmovilizado por vueltas y vueltas de cuerdas y cadenas, embutido en un enorme baúl rodeado, a su vez, de pesadas cadenas y cerrojos, Houdini era arrojado desde lo alto de las cataratas del Niágara o enterrado en los hielos del Mar del Norte. Tras aspirar una profunda bocanada de aire, intenté comparar con calma mi situación con la de Houdini. El hecho de que mi cuerpo estuviera libre de ataduras era una ventaja, pero mi desconocimiento de los trucos de magia no dejaba de jugar en mi contra.

Pensándolo bien, no sólo ignoraba los trucos, sino que ni siquiera sabía si el ascensor estaba en marcha o detenido. Me aventuré a carraspear. Pero el resultado fue algo peculiar. Mi carraspeo no sonó a carraspeo. Únicamente se oyó un sonido sordo, extraño, como si hubiera lanzado un puñado de blanda arcilla contra una lisa pared de cemento. No podía creer, bajo ningún concepto, que ese sonido lo hubiera emitido yo. Por si acaso, carraspeé de nuevo, pero el resultado fue el mismo. Descorazonado, decidí dejar de carraspear.

Permanecí largo tiempo de pie, inmóvil, en la misma posición. Aguardé y aguardé, pero las puertas continuaron cerradas. El ascensor y yo permanecimos mudos, como si fuésemos una naturaleza muerta titulada El hombre y el ascensor. La inquietud fue apoderándose de mí.

Tal vez la máquina estuviese averiada o quizá el operario que la manejaba –en caso de que alguien desempeñara tal función– hubiese olvidado que yo estaba dentro de aquella caja. Me sucede a veces, que la gente se olvide de que existo. Pero, en ambos casos, el resultado no variaba: yo estaba encerrado en aquella caja hermética de acero inoxidable. Agucé el oído, pero no me llegó ningún ruido. Probé a pegar la oreja a las paredes de acero inoxidable, pero seguí sin oír nada, como era previsible. Únicamente dejé la impronta blanca de mi oreja sobre la superficie. Por lo visto, aquel ascensor era una caja metálica de un modelo especial fabricado para absorber todos los sonidos. Probé a silbar la melodía de Danny Boy, pero sólo salió de mis labios una especie de suspiro de perro aquejado de pulmonía.

Descorazonado, me recosté en la pared del ascensor y decidí matar el tiempo contando la calderilla que llevaba en los bolsillos. Claro que, por más que hable de matar el tiempo, para un hombre de mi profesión contar calderilla es un entrenamiento tan valioso como puede serlo para un boxeador profesional tener siempre una pelota de goma entre las manos. En sentido estricto, no se trata de matar el tiempo. Porque sólo mediante la reiteración de un acto es posible corregir la tendencia a la distribución desigual.

En todo caso, procuro llevar siempre mucha calderilla en los bolsillos del pantalón. En el de la derecha meto las monedas de cien y de quinientos yenes; en el de la izquierda, las de cincuenta y las de diez. Las de uno y cinco yenes las llevo en el bolsillo de la cintura, aunque tengo como norma no usarlas jamás en mis cálculos. Introduzco ambas manos en los bolsillos y, con la derecha, calculo la suma total de las monedas de cien y de quinientos yenes mientras, con la izquierda, cuento las de cincuenta y las de diez.

Tal vez sea difícil de imaginar para quien nunca la haya realizado, pero esta operación aritmética, al principio, es harto complicada. Los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro efectúan un cálculo completamente distinto y, al final, las dos partes deben unirse como si fuera una sandía partida por la mitad. Si no estás acostumbrado,
cuesta.

No sé con certeza si realmente utilizo los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro por separado o no. Un especialista en fisiología cerebral tal vez emplee otra terminología. Pero no soy experto en fisiología cerebral y lo cierto es que, mientras cuento, tengo la impresión de que estoy utilizando las dos partes por separado. También la fatiga que experimento al finalizar mis cálculos es intrínsecamente distinta al cansancio que siento al concluir un cálculo normal. Así que, de modo arbitrario, he decidido que me valgo del hemisferio derecho para calcular la suma del bolsillo derecho y del hemisferio izquierdo para la suma del bolsillo izquierdo.

Me pregunto si no seré una de esas personas que conciben a su conveniencia los diversos fenómenos del mundo, las cosas y la existencia. No es porque posea un carácter acomodaticio –aunque reconozco que cierta tendencia al respecto sí la tengo, claro está–, sino porque múltiples ejemplos en este mundo me han demostrado que una aproximación ecléctica a las cosas nos acerca más a la comprensión de su esencia que una interpretación ortodoxa de las mismas.

Decidamos, por ejemplo, que la Tierra no es un cuerpo esférico sino una enorme mesa de café. ¿Nos causa eso algún inconveniente en el plano de la vida cotidiana? Evidentemente, éste es un caso extremo y no se trata de ir cambiándolo todo a nuestro capricho. Sin embargo, la concepción arbitraria según la cual la Tierra es una enorme mesa de café eliminaría de un plumazo la infinidad de pequeños problemas –sin ir más lejos, la fuerza de gravedad, las líneas de demarcación horaria o el ecuador, entre otras futilidades– derivados de la condición esférica del globo terráqueo. Porque, a una persona normal y corriente, ¿cuántas veces va a preocuparle a lo largo de su vida la línea del ecuador?

Por ese motivo intento, en lo posible, tomarme las cosas como me convienen. Lo que yo pienso es que el mundo está constituido de forma que contiene varias –o, para decirlo sin ambages, infinitas– posibilidades. Y la elección entre éstas reside, hasta cierto punto, en cada uno de los individuos que lo componen. Lo que llamamos «mundo» es una enorme mesa de café producto de un compendio de posibilidades.

Volviendo al tema que nos ocupa, no es fácil efectuar de manera paralela un cálculo diferenciado entre la mano derecha y la mano izquierda. A mí, sin ir más lejos, me llevó mucho tiempo aprender. Sin embargo, una vez dominas la técnica o, dicho de otro modo, en cuanto coges el tranquillo, no pierdes la habilidad de la noche a la mañana. Es como nadar o ir en bicicleta. Eso no significa que no sea necesario practicar, por supuesto. Sólo mediante un entrenamiento regular logras aumentar la capacidad y refinar la técnica. Precisamente por eso llevo siempre mucho dinero suelto en los bolsillos y, en cuanto tengo un momento libre, efectúo el cálculo.

En aquel instante llevaba en los bolsillos tres monedas de quinientos yenes, dieciocho de cien, siete de cincuenta y dieciséis de diez. Lo cual ascendía a un total de 3.810 yenes. Ese cálculo no requería esfuerzo alguno. Una operación aritmética de ese nivel es más sencilla que contar los dedos de la mano. Satisfecho, me recosté en la pared de acero y contemplé la puerta que tenía ante mis ojos. Seguía cerrada.

¿Por qué tardaba tanto en abrirse? No lograba entenderlo. Pensándolo con detenimiento, concluí que podía descartar la posibilidad de que estuviese averiado o de que el operario se hubiese distraído y olvidado de mí. Porque ambas carecían de verosimilitud. No es que no puedan producirse averías o distracciones, claro está. Muy al contrario, esos percances ocurren con frecuencia, estoy convencido. Lo que quiero decir es que, en esa realidad singular –me refiero, por supuesto, a ese estúpido y liso ascensor–, la falta de toda singularidad posiblemente deba ser eliminada de modo arbitrario como una paradójica singularidad. Alguien tan negligente como para descuidar el mantenimiento del ascensor, u olvidarse de efectuar las maniobras pertinentes una vez que un visitante montara en el mismo, ¿podría construir una máquina tan sofisticada y excéntrica como aquélla?

La respuesta, evidentemente, era «no».

Eso era imposible.

Por lo que había podido constatar, ellos eran sumamente neuróticos, precavidos, meticulosos. Prestaban gran atención al menor de los detalles, como si midieran cada paso con una regla. No bien había penetrado en el vestíbulo, me habían detenido dos guardias de seguridad, me habían preguntado a quién iba a ver, habían buscado mi nombre en la lista de visitantes, habían examinado mi carné de conducir, habían verificado mi identidad en el ordenador central y, tras pasarme el detector de metales, me habían metido de un empujón en el ascensor.

No me habían sometido a un control tan estricto ni siquiera cuando efectué una visita formativa a la Casa de la Moneda. Era impensable que hubiesen bajado, así de pronto, la guardia.

Así pues, la única posibilidad que quedaba era que me hubieran puesto adrede en aquella situación. Tal vez no quisieran que adivinara los movimientos del ascensor. Por eso hacían que se desplazara tan lentamente que era imposible saber si subía o bajaba. Quizá hubiera una cámara de televisión. En el cuarto de control de la entrada se ali-
neaban, una tras otra, las pantallas de los monitores; no sería de extrañar que en una de ellas se viera el interior del ascensor.

Para pasar el rato, se me ocurrió localizar la cámara, pero después lo pensé mejor y me dije que nada ganaría si la encontraba. Sólo conseguiría ponerlos sobre aviso y, si eso sucedía, tal vez ralentizaran aún más la marcha del ascensor. Y entonces llegaría tarde a la cita.

Finalmente, opté por relajarme y no hacer nada en especial. De hecho, yo sólo había acudido allí para desempeñar un trabajo legal. No
tenía nada que perder, ¿para qué ponerse nervioso?

Recostado en la pared, hundí las manos en los bolsillos y empecé a contar de nuevo la calderilla. Había 3.750 yenes.

¿3.750 yenes?

Algo no cuadraba.

Sin duda había cometido algún error.