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Rospigliosi, Fernando

CS284

Español
Lima, 2001 pags.

INTRODUCCIÓN

CÓMO MONTESINOS LOGRÓ
CONTROLAR AL EJÉRCITO

"¡UN TRAIDOR, UN TRAIDOR!", entró gritando un oficial del Ejército, a una casi desierta oficina del Ministerio de Defensa. Un compañero suyo, oficial de la Marina lo miró asombrado. "¡Es Montesinos, el traidor!", insistió. Entre sorprendido y divertido por la exaltación de su colega, habitualmente sereno, el marino le pidió que se calmara y le explicara.

Era la tarde del sábado 28 de julio de 1990 y el Ministerio de Defensa estaba semi vacío. Sin embargo, había actividad en algunas oficinas. El flamante ministro, un oscuro general retirado que trabajaba hasta hace poco en una dependencia tributaria del Ministerio de Economía, se había sorprendido cuando lo designaron para el cargo. Ahora, Jorge Torres Aciego, se encontraba en su despacho con el Comandante General del Ejército, Jorge "Chino" Zegarra. Lo había llamado porque no se atrevía a enfrentar solo la tormenta que presumía estallaría dentro de poco.

En la antesala, con un nerviosismo mal disimulado, vistiendo un terno impecable y un cartapacio en la mano, estaba el personaje que había despertado la indignación del oficial del Ejército.

El marino, curioso, se asomó a escudriñar al sujeto. "¿Busca a alguien?", le preguntó. "Estoy esperando al señor ministro", respondió con tono untuoso e inconfundible acento arequipeño.

Era el ex capitán Vladimiro Montesinos Torres, expulsado deshonrosamente del Ejército en 1976 y sentenciado a prisión por cargos de desobediencia y falsedad, aunque muchos estaban convencidos de que su verdadero delito había sido mucho más grave: traición a la patria, que podía haberle costado la pena capital en esa época. La versión que circuló en el Ejército es que Montesinos había vendido a la CIA norteamericana la relación de armas rusas adquiridas por el Perú, además del orden de batalla de las fuerzas armadas peruanas. Y, decían algunos, información muy apreciada acerca de las fuerzas armadas cubanas, que en ese momento tenían vinculaciones muy estrechas con sus similares peruanas. Sin embargo, a Montesinos no lo acusaron por traición porque eso hubiera comprometido a connotados militares peruanos, en un momento particularmente crítico, cuando existía un delicadísimo equilibrio en las instituciones castrenses.

En efecto, Montesinos había trabajado con el entonces Comandante General del Ejército, Primer Ministro, Ministro de Guerra y miembro de la Junta Revolucionaria, el general Edgardo Mercado Jarrín desde mayo de 1973 hasta diciembre de 1974. Luego con otro de los líderes de la Revolución Militar, el general Enrique Gallegos Venero, en 1975 y, finalmente, con el nuevo Comandante General del Ejército, Primer Ministro, Ministro de Guerra y miembro de la Junta Revolucionaria, Jorge Fernández Maldonado, defenestrado por una rebelión militar derechista en julio de 1976. Precisamente la caída de Fernández Maldonado significó el fin de los privilegios para Montesinos, que hasta ese momento había hecho una carrera limeña, básicamente política y no militar. El poco marcial capitán de artillería fue enviado, como correspondía, a un destacamento ubicado en el desierto de Sechura, en Piura. Montesinos, que detestaba los rigores de la vida militar, pidió vacaciones y luego viajó a los Estados Unidos falsificando permisos y resoluciones.


Allá fue descubierto por un general peruano, apresado a su regreso, juzgado y sentenciado, aunque salió bien librado por las razones señaladas. Acusarlo de traición hubiera implicado llamar al juicio al recién destituido Fernández Maldonado y a Mercado Jarrín, a quien presuntamente Montesinos robó los documentos secretos. En ese momento, en que luego del derrocamiento del general Juan Velasco, el presidente Francisco Morales Bermúdez maniobraba cuidadosamente para deshacerse del "ala izquierdista" de los militares, sin caer en manos del "ala derechista", eso hubiera producido un terremoto de incalculables consecuencias. Un modesto capitán no ameritaba ese riesgo, y Montesinos se salvó.

Después se graduó, al parecer fraudulentamente, de abogado y se dedicó al lucrativo negocio de asesorar y defender a narcotraficantes, especialmente colombianos. Luego de algunos casos en que su firma quedó registrada en los expedientes, adoptó un
sistema que nunca abandonaría: jamás rubricaba ningún papel que pudiera comprometerlo. Así, empezó a usar a terceros para defender por su intermedio a sus clientes. Una enfermiza y leguleya pasión por no dejar huellas que pudieran acarrearle otra sentencia.

En 1983, sus intrigas en el Ejército y un frustrado intento de participar en un negocio de venta de armas, en sociedad con su amigo el comandante (r) Jorge Whittembury Rebaza, suscitaron las iras del comando del Ejército, que le abrió un proceso, esta vez sí por traición a la patria. Montesinos huyó a Ecuador y se quedó fuera hasta que cambió el comando del Ejército y su proceso fue sobreseído. Pero desde esa ocasión, su retrato quedó fijado en la puerta de todas las instalaciones del Ejército junto a los de otros delincuentes militares.

Sin embargo, ese 28 de julio de 1990 estaba allí, en el Ministerio de Defensa, con un legajo bajo el brazo conteniendo varias resoluciones, entre otras la que destituía al almirante Alfonso Panizo de la Comandancia General de la Marina y de la Presidencia del Comando Conjunto, nombrando en su lugar al almirante Montes.

El oficial del Ejército sabía quién era Montesinos y lo consideraba un traidor. Por eso su excitación al verlo allí. En su institución ya había corrido el rumor que Montesinos se había convertido en un asesor del neófito presidente, Alberto Fujimori. Pero tenerlo ahí era demasiado. En la Marina casi nadie conocía a Montesinos, por eso el oficial naval observó con curiosidad al insignificante individuo. Pronto resonaría su nombre también en esa arma.